Pigmento sustancial

Ese día mi hermano estaba muy extraño, frío, parecía haberse perdido en un túnel hostil y sin retorno. Llegó a mi habitación, justo al medio día. Muy agitado, rogándome que lo salvara, ¿que lo salvara de qué? Sacó un cuchillo de su bolsillo y me lo entregó, pidiéndome que en cualquier caso lo apuñalara sin pensarlo. Yo simplemente lo observé en silencio, sin preguntar nada. Mi hermano estaba enloqueciendo.

De pronto, su piel se tornó verde y sus extremidades se alargaron. De ellas surgió lo que a mí me pareció un grupo de raíces. Su rostro seguía ahí, pero sus ojos eran dos pétalos negros. Con sus raíces tomó mi cabeza y comenzó a meter sus puntas en mi boca, intentando ahorcarme al mismo tiempo. Mi hermano daba gritos desgarradores, agudos e insoportables. Cuando estuve a punto de perder la conciencia, tomé el valor que pude y lo apuñalé. De él salió un líquido negro, que me quemaba y me debilitó al punto que quedé dormido por quién sabe cuánto tiempo.

Cuando desperté, la imagen de mi hermano hecho planta estaba impregnada en el suelo, como un mural. Y yo atado por el líquido negro en el techo, quemándome. Nunca pude salir de estas membranas ardientes y desde ese momento estoy aquí, recibiendo sus visitas llenas de curiosidad. Hablando con mi hermano cada vez que es medio día, cuando él despierta. Ninguno de los dos sabe qué fue lo que sucedió con él, ni cómo. Sólo sé que a partir de ese día, los dos somos eternos. Pero nuestra eternidad es dolorosa, este es el infierno.

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