¿Por qué me gusta tanto Vetusta Morla?

¿Qué nos hace la música? Que a veces nos doma y a veces nos sueña. Es tan dulce su intención y tan agradable su insistencia. Nos repara el camino para que levitemos al andar. Nos deja libres a un contorno que susurra cuentos de una mente desnudada. ¿Qué sería de nosotros sin ella? Si es la que completa una tarde que alienta el silencio del sol. Es con sus ramas calientes y largas que surge la margarita de lánguidos pesos y manchas que cubren los pies.

Vetusta Morla es una banda que recita con cantos al alma. No hay en sus letras un error, ni en sus melodías algo que tiemble. Cuando suenan sus voces agudas, quizá algo despierten y hasta las copas de los árboles se muevan para entender lo que sienten. Envuelven somnolientos en una historia que a veces es de dictadores, guerras y malos momentos, y otras veces es de sí mismos, de sus ratos, sus pasos por un campo obstruido y sus victorias cuando cada noche pueden descansar sabiendo que a algún niño habrán reformado.

No podría hablar de ellos si no es con poesía, o con líneas surrealistas que son guiños a lo que me han enseñado. Sí, es con ellos que aprendí a escribir, es por ellos que entendí que en el arte hay un más allá, un no sé qué sagrado que viene del alma, que va para arriba, camina desde afuera y se esparce por el suelo. Es por ellos que ahora escucho de otra forma y  me vuelvo loca cuando los veo explotar al público todo lo que son y delegan moviéndose como quieran.

Es una banda que no deja sombras y que no está a la sombra de nadie. Muchos auguran su final, uno parecido al de viejos grupos que ya han pasado, pero no podrían ser tan predecibles si entre ellos no hay un líder y caminan juntos, alejados del cliché, la farándula y la mercancía. Caminan solos, autónomos, aprendidos de 18 años de la experiencia de ser ellos mismos.  Con su valentía inspiran y demuestran que en el arte no hay una única sentencia, y que si se actúa conforme a una decisión libre de incertidumbre, no hay quien pueda controlar el éxito de su misión.

Vetusta Morla mantiene en sus oyentes la confirmación de que la música sigue, que su descendencia noble no acabó hace años y aún hay quienes crean, no para ellos, ni para elevarse, sino para los demás, para los que se acercan con miedo a volver a imaginar. Ceden hacia afuera el sentido de la paciencia, del siembra-cosecha, del construir para el deleite de los otros. Sus tonadas son transparentes, seguramente, si intentáramos leer las partituras que guardan en sus gavetas, veríamos a través de ellas para encontrarnos, en vez de notas, a una danza de lazos que giran en su propio idioma; si, después de todo,  lo que cosen son mantos para todos los delirios.

 

He visto la tierra girar,

cosida a los desiertos sin mitad.

Las sombra quebrada de un glaciar,

que tiembla como un crío frente al mar.

 

Ya es hora de intercambiar mensajes por palabras.

Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa.

 

He viajado a lomos de la lava de un volcán,

esclavo de su urgencia y su velocidad.

Haciendo de la música espejo de mi hogar,

un manto en los delirios de un chaval.

 

Ya es hora de intercambiar su fuego por palabras.

Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa.

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