Sun Wukong

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La Montaña de las Flores y la Fruta, la montaña de una piedra que cerca de las Cortinas de Agua se asentaba recibiendo la brisa de una fuerza primaria. Era tan pequeña y quebradiza que nunca se notaba, se escondía entre los pastos altos a la sombra de un árbol agrietado y viejo. Sobre ella se asomó una Blola Piccoló, una flor que al tornasol daba vida al color del país de los monos. Sobre la piedra predijo a uno de ellos navegando sobre nubes, transformándose en encantadas criaturas y enfrentándose a sabios monjes de la raza humana.

Al enfrentarse a aquellas imágenes, la Blola Piccoló se espantó y dando un brinco, sin querer desató de sus ojos un hilo de gamas azules que cayendo sobre la piedra la abrió como a un huevo, permitiendo que de ella naciera antes de tiempo el Apuesto Rey Mono.

El hechizo de la flor volvió a este rey en un maestro de la física. Como experto ilusionista engañó a quien lo siguiera, se aprovechaba de la luz, las parábolas y los conos. Dejaba un rastro incierto mientras se levantaba con el polvo, y se volvió el canto de los hombres que buscaban nuevos héroes.

Buscó su inmortalidad en el mar, en los dioses y las batallas con gigantes, pero como única prueba solo pudo construir un báculo que cambiaba de forma, de tamaño y que se enfrentaba a otras armas como si fuera alguien más peleando. El Apuesto Rey Mono decía que era testigo de los consejos de su cayado, y que inscritos en él estaban todos los nombres que juntos habían arrancado del Libro de la Vida y la Muerte.

Para todos era como un soneto de monos escritos en un idioma que solo los vestigios del infierno entenderían. A este mono lo buscaban, lo adoraban, lo intentaban estudiar para comprender sus maniobras, para encontrar así, quizá, la respuesta de una vida tormentosa que se cosía en su destino y ellos nunca comprendían. El Apuesto Rey Mono era para ellos tan apuesto que les parecía que viviría para siempre gastando bromas que solo eran dignas de un alma joven, pero lo que él escondía era nada más que una mente que mentía desafiando la realidad con sus cálculos y curvas escondidas.

Llegó a tiempos ancestrales, debilitados por aventuras de muchos años que se montaban sobre sus rodillas. El Apuesto Rey Mono, avergonzado, no quiso más ser visto por otros, y en un camino de nostalgia regresó a la Montaña de las Flores y las Frutas, pidió de rodillas a quien quisiere ayudarlo que lo inmortalizara con una despedida. La montaña lo escuchó y aceptando el desafío se abrió dejando brotar una mano enorme y pesada. Cayó sobre el mono y lo dejó sepultado.

 

Más tarde la montaña contó a los viajeros que ahí el gran Apuesto había abusado de sus palabras y lo aprisionó, por puro acto de humor, por millones de años para que cuando fuera liberado, resurgiera como un mono sabio.

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