endocannabinoide

Fue una inquietud que nació con él cuando supo que existían las plantas, los árboles y las flores. Fue una idea que inconclusa reafirmó buscando entre la tierra qué lo adhería a su firmeza. Quizá era solo curiosidad, quizá siempre fue un poco delirante y un tanto más idealista. Quizá solo quería experimentar con lo que en la naturaleza se podía encontrar caminando en el secreto que él dejaba guardado en el bosque detrás de su casa.

Estaban relacionados, estaba seguro de eso. Eran hermanos aunque ellos fueran tallos y él fuera huesos.

Intentó resolverse buscando hasta en sabores que él se inventaba para darle un giro a lo que en su cuerpo se integraba. El cigarrillo, decía, era su puente, era su herramienta de conexión con los otros verdes. El cigarrillo, afirmaba también, no debía restar importancia a la naturaleza que en su cerebro a cada tarde surgía enmelada. Las hierbas de todos los colores, los pastos y todas las flores. La ligera comprensión de que entre sus manos y los pétalos no había siquiera una pequeña separación de sus llantos y sus pocos muertos.

Es nuestra conciencia, un día comprendió, nuestra conciencia es una misma, una misma en la que los mensajes se conectan, se llevan, se distraen y manejan para hacer de nuestras venas un lugar tranquilo y apacible.

Las plantas, comprendió después, no se mueven de sus nidos porque en ellos viven su belleza. Si se movieran, si tuvieran las plantas una razón para extenderse, no seríamos los mismos y a ellas no las querríamos eternas.

 

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