Alas de azúcar

En un jardín desolado de restos tristes de flores secas, una gota de néctar de la única heliconia roja observaba inquieta a las alas de las libélulas y a los picos de los zanates que pasaban volando cerca. Se divertía viéndolos liberarse en el viento para encontrar cobijo bajo las chispas del sol. Tan ingenua fue la gota que asomada a la orilla de su flor, como una lágrima espesa, se resbaló.

Tan cerca estuvo de caer al suelo, tan cerca estuvo de esparcirse por la grama y perder su sentido; pero ella, como todas las aves y todos los insectos, convirtió a su forma en dos alas que extendidas revolotearon más rápido que los segundos y la alzaron más alto que los techos de las casas vecinas.

Voló y comprendió que había más jardines, más aves e insectos que no tenían alas. Voló y perfeccionó sus movimientos, sus cantos, y conoció que no había más gotas de néctar que como ella eran libres de extender su camino. La belleza de vivir del aire con un plumaje metalizado de colores fríos, y la facilidad de poseer un pico para cazar a los más pequeños mosquitos; la hicieron comprender que su misión era llamar a otras que como ella podrían llegar a volar.

Todos los días liberó con su pico a más de diez gotas, y todos los días se entristeció al ver que ninguna quiso imitar a sus alas presurosas. ¿Por qué ninguna quería volar? Ella misma les mostraba sus mejores proezas y les enseñaba lo que podrían lograr con ellas.

Con el tiempo voló mejor que cualquier otra ave y que cualquier máquina que en el cielo retumbaba con su inmensidad; pero ninguna gota se sintió inspirada y a ninguna gota consiguió obligar. Así que ella, furiosa por su terquedad, decidió que se iría para a otros mundos explorar.

Las gotas entonces, semanas después, se sintieron tristes porque el ave de azúcar no pudo ver que con todas ellas a un gran jardín de heliconias consiguió florecer. Heliconias rojas y amarillas, heliconias de diversos tamaños y caminos. Heliconias de un néctar que vuela como una gran abeja creando a su pequeño panal de miel bajo las flores de un cielo que está por atardecer.

colibrí

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