¿Has visto cómo la hormiga llora cuando vuela?-Las uñas del río

En un agujero cayó la hormiga león para ser sembrada en la arena, pero de esa tierra no se apropió. Tuvo cuernos como boca, y no supo para qué. Ella estaba triste, triste por caer. Sus lágrimas tenían forma, la forma de un anzuelo, que atrapaba a las presas que alardeaban de su vuelo.

Con la sangre de un insecto se llenó hasta el borde de su piel; pero no lo soportó y se convenció de no volver a hacerlo más. ¿Cuál era su sueño? Su sueño de larva, su sueño de anzuelo.

Sintió sus patas y demandó que ellas debían volar. No les fue difícil comprender, pues en ellas siempre hubo alas. Las desprendieron con ligereza, y las movieron adquiriendo fuerza.

¡Es un milagro! Pensó la hormiga león. No sabía que las tenía y con gracia las abrió.

Ya le habían advertido que para ella no era bueno volar. Porque de tan pequeña y ligera, el viento se la podía llevar. Pero ella no quería amarrarse a las ramitas; eran ásperas y tristes, más tristes que la arena. No le importó que le dijeran lo peligroso que era volar, y se extendió contra el viento para soltarse e irse hacia el mar.

 

Fue el viento su bote,

y su brújula en la turbulencia.

Fue el viento su maestro,

que le enseñó a usar sus lágrimas,

para cazar a su más grande presa:

 

Un rayo de sol que se volvió la risa en su simpleza.

 

El sueño de sus alas.

La prueba de sus lágrimas.

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