Escuela del espíritu, sesión 1: “Sana mis heridas”

“Es necesario sanar el corazón para liberar el alma”.

Este sábado 24 de marzo asistí al primer módulo de un training espiritual que se repartirá en 10 sesiones, y que estaré resumiendo con un poco de mis ideas aquí en filosofancias. Creo que es importante hablar de este tipo de temas todo lo que sea posible, pues es muy sencillo que se nos olvide o que se distorsione el verdadero sentido del por qué estamos aquí.

Con solo iniciar, pude recordar la canción de Jaime Murrell, “Yo quiero más de ti”, en la que menciona esta frase que, según mi parecer, resume el mensaje: “Yo quiero menguar para que crezcas tú”.

En Lucas 4:17 se definen los propósitos de Jesús en la Tierra, y uno de ellos dice “Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;”. Todo lo que somos hoy es el fruto de lo que hemos vivido desde nuestra preexistencia, todas las experiencias que nos han marcado, que nos han dañado y condicionado. Jesús, sabiendo esto, tomó la responsabilidad de ser quien se ocupe de sanar todo lo que se guarda en nuestro corazón.

¿Cuál es la necesidad de sanar? y ¿Por qué es Jesús el que debe hacerlo?

Proverbios 4:23 dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.” Si en nuestro corazón está guardado todo lo que nos ha marcado a lo largo de nuestra existencia, es él el que determinará el rumbo de nuestras vidas. De él mana la vida, él es el origen de todo lo que hacemos, pensamos, decidimos y sentimos. Si no lo tuviéramos no tendríamos voluntad para ser quienes somos. 

Pero el ladrón se ha ocupado de robarnos la vida; todas esas cosas que nos han pasado y han terminado debilitándonos, volviéndonos personas depresivas, miedosas, tristes o muy preocupadas, no han sido casualidad. Juan 10:10 “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” ¿Por qué ese ladrón se enfoca en nuestro corazón?

Mateo 5:8 dice: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Ese ladrón de vida se empeña en no dejar que nuestro corazón sane y se libere de años de dolor porque no quiere que veamos a Dios, incluso se entretiene negando su existencia en nuestra mente; o enfriándonos y haciendo que nuestra relación con Dios se estanque y deje de dar frutos. Deuteronomio 6:5 nos recuerda el mandamiento más importante de todos: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” Ese ladrón no quiere que conozcamos a Dios y nos enamoremos de Él.

¿Qué debemos hacer entonces para permitir que esa sanidad llegue a nuestras vidas?

Romanos 12:2 dice: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Nuestros pensamientos están condicionados a nuestro entorno, debemos rodearnos de la voluntad de Dios para que esa transformación suceda. 2 Corintios 3: 16-18 dice: “ Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”

El propósito del evangelio es transformarnos para llegar a parecernos, como un reflejo a Él. Es un proceso largo que sí puede terminar. La sanidad puede tener un fin. Podemos ver un ejemplo en Gálatas 2:20, donde Pablo expresa: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”. Por eso es tan importante que sanemos, para que Él viva en nosotros, para que lo conozcamos, y Él nos conozca a cambio. 

Realizar cosas en su nombre, ayudar a los demás, servir en la Iglesia o a donde vayamos, no es lo más importante, ni es suficiente. Como queda declarado en Mateo 7: 21-23: “»No todo el que me dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Entonces les declararé: “Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, hacedores de maldad!” Tenemos que ocuparnos primero en nuestro interior y todo lo demás vendrá por añadidura; pues es en la medida en que nosotros nos rindamos que vamos a vivir. Debe ser Él nuestra guía, nuestro consejo y nuestra vida, debe ser Él quien habite en nuestro corazón para que lo mantengamos limpio y hagamos cual sea su voluntad. 

En 2 Samuel 12 podemos leer cómo el profeta Natán llega a prevenir a David de esto y lo hace entrar en razón después de haber pasado años en adulterio, aun sirviendo a Dios. Entonces David se arrepiente y comienza a aprender acerca de la sanidad, descubre cómo desde antes de existir el pecado ya estaba en su vida (Salmo 51) y que hay cosas en su corazón que debe limpiar. Comienza un proceso de restauración en el que vuelve a conocer a Dios. Es una segunda oportunidad que el Padre le da para que viva conforme a Él y lo conozca como realmente es, y no solo como una imagen religiosa.

Es entonces cuando debemos preguntarnos, ¿Qué hay escondido en mi corazón? ¿Qué debo sanar? ¿Qué debo perdonar? ¿Qué venía en mi corazón desde antes de nacer? Solamente acercándonos al Espíritu Santo y preguntándole a Él podremos hallar respuesta y sanidad a estas preguntas; para llegar a un fin en el que nosotros mengüemos, y Él crezca en nosotros.

Nuestra sanidad es lo que Dios más espera que alcancemos, para que entonces lo alcancemos a Él. No sigamos dando entonces golpes al aire.

Filipenses 1:12

Para mí el vivir es Cristo

12 Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio,
13 de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio, y a todos los demás.
14 Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor.
15 Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad.
16 Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones;
17 pero los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio.
18 ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún.
19 Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación,
20 conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte.
21 Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.
22 Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.
23 Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor;
24 pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.
25 Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe,
26 para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros.
27 Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio,
28 y en nada intimidados por los que se oponen, que para ellos ciertamente es indicio de perdición, mas para vosotros de salvación; y esto de Dios.
29 Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él,
30 teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí.

 

 

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